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Sobre Antonio Miranda
 
 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
ARMANDO ROJAS GUARDIA

ARMANDO ROJAS GUARDIA

Nació en Caracas, Venezuela, en 1949, hijo del poeta caraqueño Pablo Rojas Guardia (1909-1978) y Mercedes Álvarez Gómez (1919-1973); durante los primeros siete años de vida se residenció en Praga, Haití y Nicaragua como consecuencia de los cargos diplomáticos de su padre. En su juventud vivió en Bogotá, en Friburgo (Suiza) y en Solenriname (Nicaragua), con Ernesto Cardenal. Posteriormente su vida ha transcurrido entre Caracas- Méridayha estudiado con profusión la filosofía; ha pasado días de pasión y noches de insomnio donde procedió a la relectura estudiosa de textos fundamentales de San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora, Eliot, Blanchot, Bernanos, Deleuze, Barriles, Borges, Huxiey, Ritke, Joyce, Nietzsche, Maquiavelo, Kant, Pessoa, Faulkner, Kafka, Rimbaud, Milton, Blake, Sade, Jüng, Bataille, Pavese, Dante, Ricoeur, Camus, Lezama Lima, Octavio Paz, Cadenas.

Su vocación como escritor se inició en su hogar y jugó un papel importante su participación en el Taller de Calicanto y Antonia Palacios, y se cimienta con su activa participación en la formación del Grupo Tráfico. Ha desempeñado una amplia labor cultural y docente vinculada a la literatura, y es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, así como un ¿estacado ensayista.

TEXTOS EM ESPAÑOL   /   TEXTOS EM PORTUGUÊS

 

Aves

Me pregunto
qué ron dulce las embriaga.
Quizá la luz
cuando enronquece
y empapa de quejas el límite del día.
Acaso el viento mismo
quien como ola de cansada espuma
las impulsa a partir hacia el intenso Oeste
donde muestra el día sus llagas
tumefactas.

Estalla su plumaje en oro caliente
y derramado.
Y el cielo ha quedado entre sus alas
como una mancha viva.
Mira cómo se enredan entre los suaves hilos
del aire que se enciende.
Deja su vuelo un sabor tropical de fruta roja.

¿Las veremos, de nuevo, como ahora?
Tal vez alguna de estas tibias tardes
en silencio.
O entre las grandes amapolas
que trae la Alegría.

 

Agua lustral

                                 Purifícame con el hisopo
                                                   SALMOS: 50,9

Salgo por fin del tedio
que es el hábito de huir de Tu presencia.
Había elegido el mal
como quien muerde el aire
y castiga al sol tapándose los ojos.
Había elegido el mal. Y lo sabía.

Hoy salgo al aire en paz de lo invisible
diciéndote que sí por estas calles
con el viejo saxofón de mi poema.
Se abre el día
                   tal un hueco silvestre
-rosada ubre de la luz, goteando.
¿Qué puedo decir que me retrate
así, recién nacido:
los dedos obstinados de la hierba,
la respiración de todos al dormir?
Sí, letra a letra reconstruyo
la inocencia del ser, que ahora levanto
como una fronda erguida, resonante.


Aquí, en esta casa

Aqui, en esta casa,
donde cada palabra, cada gesto
son sólo los dóciles ecos de la luz
inmaculada,
vertical,
inapelablemente última,
añoro para ella
(la chachara mujeril de la poesía
con sus técnicos chismes de ocasión
tan fotogénicos —whisky en mano—
sobre la página social
de algún Suplemento Literario),
le añoro, digo, algo de la casta
doncellez de la madera
                                   recibiendo
la frugalidad silenciosa de una cena,
de la última cena.

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TEXTOS EM PORTUGUÊS
Tradução de Antonio Miranda

 

Aves

Me pergunto
que rum doce as embriaga.
Talvez a luz
quando enlouquece
e encharca com queixas os limites dos dias.
Talvez o próprio vento
que como onda de cansada espuma
as impulsa a ir-se até o intenso Oeste
onde mostra o dia suas chagas
entumecidas.

Estala sua plumagem em outro ardente
e derramado.
E o céu restou entre suas asas
como a mancha viva.
Olha como se enrolam entre os suaves fios
do ar que se ilumina.
Deixa seu vôo um sabor tropical de fruta vermelha.

As veremos, outra vez, como agora?
Talvez algumas destas tardes mornas
em silêncio.
Ou entre as grandes amapolas
que a Alegria nos traz.


Água lustral

Saio afinal do tédio
que é o hábito de fugir da Tua presença.
Havia eleito o mal
como morde o ar
e castiga o sol tapando os olhos.
Havia eleito o mal.  Está ciente.

Hoje saio ao ar na paz do invisível
dizendo-te que sim por estas ruas
como o velho saxofone de meu poema.
Abre-se o dia
                   como um oco silvestre
— rosa úbere da luz, gotejando.
Que posso dizer que me retrate
assim, recém nascido:
os dedos obstinados da erva,
a respiração de todos ao dormir?
Sim, letra a letra reconstruo
a inocência do ser, que agora alço
como uma fronde erguida, ressoante.


Aqui, nesta casa

Aqui, nesta casa,
onde cada palavra, cada gesto
são apenas dóceis ecos da luz
imaculada,
vertical,
inapelavelmente última,
sinto saudades dela
(a chácara mulheril da poesia
com seus técnicos boatos de ocasião
tão fotogênicos — uísque na mão ——
na coluna social
de algum Suplemento Literário),
relembro, digo, algo da casta
mocidade da madeira
                            recebendo
a frugalidade silenciosa de uma ceia,
da última ceia.

Página publicada em julho de 2009.

 

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