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Sobre Antonio Miranda
 
 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FERNANDO ARBELÁEZ

 

(Manizales, 1924; Bogotá, 1995). Estudió en el seminario y en el Colegio de Cristo en Manizales, comenzó derecho en la Universidad Nacional y asistió a cursos de filosofía en Buenos Aires y de lenguas romances en Upsala, Suecia. Fue empleado y desempleado público, diplomático (secretado de la embajada en Suecia) y funcionario internacional (director de la biblioteca del Banco Interamericano de Desarrollo en Washington), profesor universitario en Colombia y en Estados Unidos. Cuando la revista Semana llamó «cuadernícolas» en 1949 a los poetas posteriores a Piedra y Cielo, a Arbeláez lo presentó como prototipo de la nueva sensibilidad «por preconizar la estética del caos» asumiendo cierto liderazgo generacional (entabló polémicas con los maestros León de Greiff y Eduardo Carranza) y por su manifiesta bohemia en los cafés Asturias y Automático...

Director de Extensión Cultural Nacional en 1963, inició la publicación de una colección de poesía contemporánea con obras inéditas de quienes, con Álvaro Mutis y Héctor Rojas Herazo, constituyen el núcleo central del grupo que, tomado de los «cuadernícolas», vino a llamarse Mito. Los libros fueron: Morada al sur de Aurelio Arturo, los adioses de Fernando Charry Lara y |Estoraques de Eduardo Cote Lamus. Arturo, quien sucedió a Fernando, en 1964 publicó dos títulos más: |Canto llano, del mismo Arbeláez, y |El transeúnte, de Rogelio Echavarría. Simultáneamente apareció el |Panorama de la nueva poesía colombiana que Arbeláez había dejado listo para imprimir. Fue muy discutido pero finalmente se considera «una de las selecciones más valiosas entre las antologías de época... que representa un rompimiento... y trae una valoración nueva y distinta de nuestros principales poetas», opina Darío Jaramillo Agudelo en la |Historia de la poesía colombiana (1991).

Arbeláez obtuvo el Premio del Centenario de su ciudad natal por el |Canto a Manizales y en 1964 el premio nacional «Guillermo Valencia» que otorgaba la Academia Colombiana. Esta misma lo eligió miembro en 1995, pero no llegó a posesionarse.


Libros: |El humo y la pregunta (1950); |La estación del olvido (1956); |Canto llano (1964); |Secuencia para los brujos de oro (1965); Analectas y signos (1979); |Serie china —en español e inglés— (1979); |Serie china y otros poemas (1980);El |viejo de la ciudad (1985) y |Textos de exilio (1986). Antologías y ensayos críticos, fuera del |Panorama ya mencionado: |Testigos de nuestro tiempo (1956); |Obras de Hernando Domínguez Camargo (1956); |Poesía colombiana (Buenos Aires, 1965). Últimamente estaba editando libros sobre temas esotéricos y estudios astrológicos, así como traducciones.

 

Aurelio Arturo escribió: «Poeta, esa palabra mágica que sugiere una especie distinta y más elevada de humanidad, es la que califica a Fernando Arbeláez, cuando pensamos en su vida y viajes maravillosos, y en sus versos, que no cantan sino que narran, como en sordina, la realidad huidiza de las cosas y la eternidad del hombre».

Sobre su poema |El diadoco le dijo Álvaro Mutis: «Es lo más serio que he leído desde que apareció |La estación violenta de Octavio Paz. Está a mil leguas de todo lo que se hace y se hizo en Colombia».

Y | el escritor argentino H. A. Murena: «Lo que me sorprendió en la poesía de Arbeláez es la intensidad con que nos trae noticias del otro país.

Cualesquiera que sean sus temas y el modo en que los entona, lo que siempre entreabre para nosotros es ese otro mundo que casi nunca percibimos pero que es aquel gracias al cual se sostiene esta dimensión que llamamos realidad o vida».

Fuente: www.lablaa.org/blaavirtual/literatura

 

 

OS TRÓPICOS

 

I

Ruído de orgia. Força cega.

Marejada de mulheres ébrias,

as verdes cabeleiras ao vento,

e a carícia nos braços da tarde.

 

Crescimento de puríssimos alcoóis;

o olho lascivo das tempestades

sobre as casas de zinco do negro

e sobre os tetos azuis do mar.

 

As areias para as festas!

Os terraços sob a chama dos céus,

e uma chuva de pétalas que recolhe a noite

em suas ribeiras assombrosas!

 

II

E as danças...

                   Quando vem o mar

dispor o diamante ao pé das palmeiras,

à sombra das ditosas cabeceiras,

se inauguram as festas

na margem do horizonte

à incipiente luxúria da vela. 

 

Que dancem os longos estremecimentos

e que cantem suas canções de bacanal

e preencham os ares

com suas amoras tempestuosas!

E o silêncio espere

que suas forças façam crepitar nos olhos

a última extenuação da tarde!

 

 

III

Na tarde crescem os astros

e a febre brilhante sobre noite chega.

Eu me detenho para escutar o vento,

para provar este sabor o universo,

este perfume mental dos céus.

Mais além os incêndios invisíveis

e o clamaroso manto real dos contos.

 

Um silêncio já fúnebre faz ninho nas águas,

entre as rochas negras e as vivas escamas.

Ferve a tarde e emudece

em suas colméias de alabastro;

ferve a tarde, e à distância

crescem os astros.

 

As flores moribundas alargam seu cristal até a areia,

as flores estéreis prolongam sua cinza

de pássaros antigos, até o último giro da festa.

as flores negras,

portas das trevas,

mensageiras surpreendidas

nas secretas dobras da ribeira.

 

 

IV

Até aqui chega um humo

e como um ofegar de bestas cansadas,

pesadas bestas

que vêm ao conjuro da noite.

Inumeráveis os espaços apagados,

Infinitas esquadras com as primeiras aves noturnas,

com as últimas opalas,

com o odor do mar chegado:

odor de ervas balsâmicas

no festim das areias,

escuras bestas que vêm do mar

e que levantam até o céu

suas garras invencíveis

para saudar a chegada da estrela

sobre as últimas pegadas da tarde.

 

V

Onde estás agora, neste outubro distante,

tu, meu ardente silêncio,

margeado pela algazarra da festa

e por todas a vozes do mar?

 

Que já iam...

Aquelas vozes do mar que se perdiam

— vozes do mar — na noite de verão.

 

E onde está agora a noite do mar, noite de ervas,

noite de ventos, de centelhas,

noite de furiosas palmeiras,

noite de luzes ultraterrenas?

 




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